Los seguros no suelen cubrir el hurto por considerarse robo, sin fuerza, como las técnicas silenciosas de bumping o impressioning
Los robos con fuerza en hogares de Madrid capital subieron un 12,1% en el último año, según el balance de criminalidad del Ministerio del Interior: de 829 casos en el primer trimestre de 2025 a 929 en el mismo periodo de 2026. Son los que sí quedan registrados. Los que no dejan ninguna marca de fuerza —los que se producen con técnicas silenciosas como el bumping o el impressioning— no figuran en ningún balance, precisamente porque no hay nada que un perito pueda fotografiar.
Para entender cómo se producen estos accesos y qué consecuencias tienen a la hora de reclamar al seguro, hemos hablado con Héctor Gómez, cerrajero profesional con casi 15 años de experiencia en Madrid capital y su área metropolitana. Su experiencia con este tipo de casos empieza, casi siempre, en el peor momento posible: «Muchas veces no somos los primeros en enterarnos del robo. Somos los segundos, después de la aseguradora, que ya les ha dicho que no hay nada que hacer.»
Ese orden invertido —el seguro responde antes que el cerrajero— es la clave de un fenómeno que empieza a preocupar en Madrid.
El aviso que llega demasiado tarde: cuando el seguro ya ha dicho que no
El guion se repite con pocas variaciones. La familia llega a casa, no encuentra nada fuera de sitio, y solo días o semanas después nota que faltan objetos concretos. Llama a la aseguradora dando por hecho que la póliza de hogar cubre lo ocurrido. El perito revisa la cerradura, no encuentra ningún indicio de fuerza, y el siniestro se reclasifica: de robo a hurto, o directamente a “sin cobertura”.
Solo entonces, con el expediente ya cerrado o en disputa, muchos propietarios llaman a un cerrajero para entender qué ha pasado. Y ahí es donde entra Gómez, no como primera línea de defensa, sino como explicación de algo que ya ocurrió sin que nadie lo viera.
Fuerza y ausencia de fuerza en robos en hogares: la frontera invisible que decide si cobras
Todo el problema gira en torno a una distinción que el Código Penal establece con precisión, pero que en la práctica de las pólizas de seguro se traduce en una frontera muy poco visible para el asegurado medio. El robo exige fuerza o violencia sobre las cosas. El hurto es la sustracción sin ninguna de las dos. Y las aseguradoras, casi de forma unánime, cubren el primero con generosidad y el segundo con cuentagotas —cuando lo cubren.
Nadie repara en esa distinción al firmar la póliza. Se convierte en relevante única y exclusivamente el día en que hace falta, que suele ser el peor día posible para leer la letra pequeña.

Cómo se abre una puerta sin tocarla en robos en hogares
Gómez describe el mecanismo con una comparación sencilla: «Un cilindro de gama básica no está diseñado para resistir manipulación, está diseñado para costar poco. Y esa lógica se paga después, cuando alguien con la herramienta adecuada tarda menos en abrirlo que tú en encontrar las llaves.»
El bumping se sirve de una llave de golpeo que desplaza durante una fracción de segundo los piñones internos del cilindro, lo justo para que gire sin necesidad de la llave original. El impressioning, más lento pero igual de silencioso, consiste en fabricar una copia funcional a partir de una llave en blanco, sin haber visto nunca la auténtica. Ninguna de las dos técnicas deja arañazos, deformaciones ni ningún otro rastro visible en el bombín.
Un precedente judicial, no una norma
Existe al menos una grieta en ese muro. La Organización de Consumidores y Usuarios cita una sentencia del Tribunal Supremo de marzo de 2024 en la que se calificó como robo —no como hurto— la sustracción de dinero por parte de una empleada del hogar que había tomado sin autorización las llaves de una caja fuerte. El razonamiento del tribunal: una llave sustraída equivale, a efectos legales, a una llave falsa, y el uso de llave falsa sí encaja en la definición penal de fuerza.
Es un antecedente que da esperanza, pero no una regla general. «Legalmente puede haber margen», resume Gómez, «pero nadie debería depender de ganar un pleito para recuperar lo que ha perdido.» Cada compañía interpreta a su manera qué constituye fuerza en su propio clausulado, y la sentencia responde a un caso muy concreto que no tiene por qué repetirse con las mismas condiciones.
Prevenir cuesta menos que demostrar
Nadie compra vitaminas pensando en la enfermedad que todavía no tiene. Casi todo el mundo compra la aspirina cuando el dolor ya ha empezado. Con la seguridad de la vivienda ocurre lo mismo: cambiar un cilindro por prevención suena a gasto innecesario hasta el día en que deja de serlo, y para entonces ya es demasiado tarde para elegir con calma.
El diagnóstico de Gómez, después de años viendo llegar a los propietarios justo después del disgusto, va en esa misma dirección: «Casi nadie piensa que le vaya a tocar a él. Se cambia la cerradura después del susto, nunca antes. Y lo que cuesta prevenir no tiene comparación con lo que cuesta lidiar con la aseguradora una vez que ya ha pasado.» La inversión que de verdad compensa es la que se hace antes, no la que se intenta reclamar después. Sustituir un cilindro estándar por uno con perfil patentado —cuya copia solo puede hacerse en puntos autorizados, con acreditación del titular— neutraliza tanto el bumping como el impressioning sin necesidad de cambiar la puerta ni el sistema de cierre.
El coste de ese cambio, señala, es una fracción de lo que cuesta —en tiempo, disgustos y a veces en dinero perdido— intentar demostrar ante un perito algo que nunca dejó pruebas.
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