La calle de Toledo, testigo atemporal de la vida madrileña

Conectaba directamente con la antigua Ciudad Imperial, de la que tomó su nombre

El recorrido de la calle de Toledo apenas se extiende un kilómetro de principio a fin. Pese a que solo cuesta algunos minutos cruzarla de punta a punta, es una de las vías principales de La Latina. Silenciosa e impasible, bombea el corazón de uno de los barrios más castizos de la capital.

Calle de Toledo

La calle de Toledo irradia vida desde su nacimiento, en la Plaza Mayor, hasta su desembocadura en la Glorieta de Pirámides, con muestras del Madrid de los Austrias, vestigios de vidas pasadas, bullicio comercial, urbanismo y modernidad.

El inicio de toda una historia

Detrás de una de las salidas de la Plaza Mayor se abre el Portal de Cofreros, punto de inicio de la calle de la que hablamos. En este tramo, donde hoy encontramos locales de restauración, tiendas de souvenirs o coleccionistas de monedas, antaño se asentaba el gremio de los Cofreros de la capital.

Siguiendo la dirección de los propios soportales descubrimos el primer gran tesoro que posee la calle de Toledo. Imponente, se alza la Real Colegiata de San Isidro, antiguo hogar de San Isidro y Santa María de la Cabeza y donde a día de hoy descansan sus restos.

Anexo a este templo católico se encuentra el Instituto de San Isidro, antiguo Colegio Imperial que, como ya explicamos semanas atrás, ha acogido en sus aulas a distinguidos personajes de la sociedad española. Este lugar, junto con el Portal de Cofreros y la Colegiata, es uno de los recuerdos del Madrid de los Austrias que ha llegado hasta nuestros tiempos.

Nacimiento de una seña de identidad

Continuando nuestro paseo por la calle de Toledo nos encontramos con el recuerdo de un edificio que, pese a su desaparición, ha dejado una impronta imborrable en el barrio. No hablamos de otro que del Hospital de La Latina, situado en su momento entre las calles de Toledo y Cava Alta y frente a la plaza de la Cebada.

Su nombre real era Concepción de Nuestra Señora, aunque pronto tomó el sobrenombre de Beatriz Galindo, icono madrileño y conocida como La Latina. Fiel consejera de la reina Isabel la Católica, fundó con su marido durante los años 1499 y 1507 tanto el hospital como el convento anexo, que fueron derruidos en 1904 a fin de ensanchar la calle de Toledo y facilitar el acceso al Mercado de la Cebada.

Puerta del comercio

Fuera de su impronta histórica y de sus construcciones señoriales, si por algo destaca la calle de Toledo es por su importancia comercial a lo largo del tiempo. No en vano, toma su nombre de la Ciudad Imperial puesto que era la ruta a seguir para llegar hasta allí.

Los campesinos y mercaderes de las provincias aledañas a Madrid accedían a la capital por esta vía, portando sus mercancías con el objetivo de venderlas en los mercados de La Cebada y San Miguel. Tal fue el ir y venir de gentes que la calle de Toledo se convirtió, junto con su vecina la Cava Baja, en el lugar donde se ubicaban la mayoría de los mesones y posadas de la ciudad.

Esta característica ha perdurado hasta nuestros días y el bullicio todavía se siente en su recorrer. Los comercios de toda la vida se dan la mano con los más modernos, convirtiendo esta calle en punto de encuentro de vida urbana para los vecinos del barrio.

Un final inesperado

Uno de los punto álgidos y más reconocibles de nuestra calle es la Puerta de Toledo. Como ya hemos comentado, la situación geográfica de la vía hacía de ella la arteria más comercial de la zona. Y, aunque no era la única, la Puerta de Toledo era la principal puerta de entrada de dicha actividad.

Puerta de Toledo

Con el paso del tiempo ha ido perdiendo su condición, quedando inserta en el dibujo de la calle como un elemento decorativo y vial – con su función de rotonda – con reminiscencias de una época pasada.

Pero, pese a lo que pueda parecer, la calle de Toledo no finaliza su recorrido con la Puerta de nombre homónimo, sino en la Glorieta de Pirámides, aunque este tramo de la vía no siempre llevó el nombre de la capital manchega. En sus inicios era conocida como el Paseo de los Ocho Hilos porque ese número de hileras de árboles se abría a su paso.

Y aquí termina un viaje donde, en apenas mil metros, queda el reflejo de un Madrid presente, pasado y futuro.

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